domingo, 7 de agosto de 2011

El oscurecimiento de la inteligencia

«Dialecticidad de la inteligencia y sentido del límite»



Capitulo II


 El cielo de la mañana hace nacer la tierra al sol. La inteligencia hacer nacer a sí misma y lo creado al Ser: por su solidez, da una seguridad que encanta las montañas; por la fe a la que se abre, las mueve y hace avanzar. Sólo ella constituye el homo erectus, libre, que se opone, escribe Zamiatin, al hombre de rodillas, a gatas, encorvado; forma al hombre «platónico» que mira a lo alto, lejano hasta perder la vista, que es el único modo para que sus ojos, no cegados en lo «particular», «vean» lo «concreto». Por esto, la inteligencia jamás se concilia, ni puede hacerlo sin renegar de sí misma, con cualquier realidad única, compacta, maciza, pesada: de los «hechos» o de los «datos» y de las «mociones» ilimitadas «en torno» a ellos; de la «fuerza mayor», de la «razón de estado», de la «razón de partido», de la «razón social», de la «razón de masas», razones todas ellas ininteligentes porque están más allá del signo, del límite. La inteligencia siempre es crítica, rebelde, «herética» hacia lo que, sobrepasando el signo, tiende a oprimirla, a oscurecerla. Reacciona estallando en cadena, inagotable: un libro u otra obra inteligente es una explosión perenne, aunque a veces se vea obligado a dormir durante siglos. ¿Qué demonio hace a la inteligencia insatisfecha e inquieta, rebelde y opositora, erecta y por tanto libre?


No podría contener los límites de todo ente y ser su medida, si no estuviera constituida por la única medida capaz de medir el ser de todo ente, la del ser? Decir inteligencia es decir intuición intelectiva del ser, principio fundante y verdad primera; su objeto interior en la forma en que puede serle presente, como Idea, pero porque lo es en esta forma, en su extensión infinita, independiente de éste o aquel ente, su especificación, de la razón y del juicio en cuanto tales: inteligencia es «interioridad objetiva». De En cuanto tal, en su objetividad es la invisible ley de la medida: del sentir, que es tal y no cupiditas, cuando no hace transbordo a la insaciabilidad; de la razón, que es verdadera y «humana» cuando no sobrepasa en el juicio los justos límites; de la voluntad, que es buena cuando reconoce lo que la razón, luz el ser, conoce. Sabiduría es vivir y existir según inteligencia o según el orden del ser, es decir sentir, conocer y querer a si mismos y a todo ente en los y con los límites que les son propios, cumplidamente; que es querer y promover su perfección.

Pero si la inteligencia tiene en sí, medida el ser, los límites de todo ente, es determinada «a termine», pero no limitada por ningún ente ni por todos, es decir, todo ente es un término suyo pero no su límite, ni su fin último. De aquí su incumplimiento irreparable, de donde procede la inquietud ontológica, que es la sabiduría propiamente suya la rebelión de sentirse «satisfecha» por y en el mundo y en él «encerrada»—: cumplida en el orden de los entes finitos e incumplida en el del ser infinito, es impulsada desde dentro a su cumplimiento en el Logos, paz de la mente, en el Amor, paz de la voluntad, es decir, en la Sabiduría, propia de Dios, el Ser infinito subsistente. El principio dialéctico constitutivo de la inteligencia pone al hombre en relación con su cumplimiento, lo vincula a Dios, principio del vínculo; pero la conciencia de que también su inteligencia está «en relación», repetimos, no le es dada solamente por «no ser» Dios —esto podría ser no inteligencia del límite, sino oscurecimiento de la inteligencia misma por la tentación de ser él otra cosa distinta de lo que es, corrupción por soberbia que incita a la anulación—, sino por «ser» el hombre una criatura pensante constituida de modo que, permaneciendo el ser que es y por esto siempre finito, pueda ser «elevada» al Ser, su cumplimiento porque su bienaventuranza.


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