viernes, 12 de noviembre de 2010

El anillo de Giges

Las tentaciones de la invisibilidad

En la filosofía de Platón (427-347 a. c.) nada es más importante que el Bien. Y la justicia ¿es un bien en sí mismo o es sólo el resultado de convenciones? Para Platón era un valor absoluto, pero no faltaban quienes la reducían a la formalidad de las leyes. Para dirimir la controversia, Platón recurrió al mito del anillo de Giges, un ejemplo tan afortunado que fue retomado no sólo por la ciencia ficción, sino también por el thriller cinematográfico.
 
En los años treinta el cine asombró al público con los efectos especiales del Hombre invisible, la historia de un científico que descubre la fórmula química de la invisibilidad. El hombre no resiste a la tentación de experimentarla en su propia persona, con el resultado de que el nuevo estatus conseguido y la virtual impunidad derivados de ello desencadenan su inconsciente sed de poder. Después de una serie de crímenes, el hombre invisible termina delatándose dejando algunas huellas en un manto de nieve fresca.
 
El filme se inspiraba en la novela homónima de Herbert George Wells, el escritor inglés que con sus libros futuristas había difundido una moral profética sobre los progresos del conocimiento científico: cuidado -parece querernos decir-, si aspiráis a nuevas conquistas científicas, procurad compartirlas con los demás y no queráis aprovecharos de ellas; de lo contrario terminaréis pagando las consecuencias.
El tema de la invisibilidad, sin embargo, no fue abordado exclusivamente en este capítulo romántico-futurista de la época moderna, sino incluso por Platón, que lo trató en el libro II de la República. En sus diálogos se alternan narraciones, debates filosóficos y mitos, algunos de los cuales le sirven para examinar cuestiones controvertidas. Es el caso del mito de Giges, el pastor que llega a ser rey gracias a un anillo mágico que le hace invisible.
 
Giges es un pastor al servicio del rey de Lidia. Un día, mientras apacienta su rebaño, se levanta una gran tormenta que abre una sima en el terreno. Espoleado por la curiosidad, Giges desciende la sima y descubre, para su gran asombro, un caballo de bronce vacío en el que se puede entrar a través de pequeñas puertas. Asomándose por una de ellas, distingue en su interior el cadáver de un gigante que lleva un anillo de oro en una mano. Se apodera de él y se marcha, sin imaginarse que aquel anillo cambiará su vida.
Durante una de las reuniones que cada mes celebran los pastores para informar al rey de las condiciones de los rebaños, Giges, sin darse cuenta, gira el anillo hacia la palma de la mano. En aquel instante, para su gran sorpresa, se hace invisible a los presentes. Devolviendo el anillo a su posición anterior, vuelve a ser visible. Repite aquellos movimientos hasta que no tiene ninguna duda: girando el anillo hacia el interior se vuelve invisible, girandólo hacia el exterior vuelve a ser visible. Excitado por este descubrimiento, ejecuta un plan criminal. Primero se hace acreditar como mensajero del rey para entrar en su casa, luego seduce a su esposa (no sabemos si de forma visible o invisible) y por último mata al soberano y ocupa su puesto.
¿laucón, interlocutor de aquel Sócrates que está siempre en primer plano en los diálogos platónicos, aprovecha este mito como ejemplo para una tesis provocadora: practicando la injusticia se vive mejor que acatando la justicia. ¿La prueba? Imaginemos -dice- que existan dos anillos como el hallado por Giges. Démosle uno a una persona honesta y el otro a un malhechor.
 
... es opinión común que no habría persona de convicciones tan firmes como para perseverar en la justicia y abstenerse en absoluto de tocar lo de los demás, cuando nada le impedía dirigirse al mercado y tomar de allí sin miedo alguno cuanto quisiera, entrar en las casas ajenas y fornicar con quien se le antojara, matar o libertar personas a su arbitrio, obrar, en fin, como un dios rodeado de mortales (360).

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Todo hombre, es la tesis de Glaucón, es comparable a Giges. Nadie en su corazón ama la justicia, ni siquiera la persona considerada honesta. Si nos abstenemos de cometer actos injustos, no lo hacemos por amor a la justicia, sino por miedo a ser descubiertos y castigados por la ley. «Nadie es justo de grado -dice Glaucón-, sino por fuerza.» Por otra parte -insiste-, cualquier persona por naturaleza tiende a cometer injusticia más que a sufrirla. Y eso ocurre porque la justicia, tan magnificada, no es un bien absoluto sino un pacto convencional, que obliga a respetar la igualdad, contrariamente al instinto natural de los hombres de avasallarse mutuamente. Pero una cosa es segura: apenas se presenta la ocasión de violar la ley impunemente, nos apartamos de ella por deseo de lucro o de cualquier acción deshonesta.


Esta reprimenda de Glaucón sobre la presunta superioridad de la injusticia delataba la influencia de los llamados sofistas, intelectuales que transmitían su saber previa remuneración. De ellos procedía tanto la idea de que la justicia no era más que «la utilidad del más fuerte», sostenida por Trasímaco el calcedonio, interlocutor de la República, como la invitación a respetar las leyes sólo en presencia de testigos, pero a actuar sin inhibiciones cuando no se es observado por ojos indiscretos. De esta forma la circunspección pasaba a ser una virtud, como entre los espartanos, los cuales, según el testimonio del biógrafo Plutarco (siglo I d. c.), castigaban a los ladrones cogidos in fraganti no por el hurto, ¡sino por la torpeza de dejarse sorprender!


¿Tiene razón Glaucón al pensar de esta forma? Llega incluso a sostener que el que utiliza todos los medios para cometer injusticia a menudo resulta favorecido por la fortuna, mientras que quien se comporta honestamente a menudo es víctima del infortunio. Es un dilema destinado a perdurar a través de los siglos y vuelve a aparecer, no por casualidad, en las leyendas nórdicas que dan origen a la saga medieval de los Nibelungos.
Su héroe, Sigfrido, quiere conquistar a la princesa burgundia Krimilda, de la que ha oído hablar. Pero para pedir su mano, primero tiene que conquistar a Brunilda, la cruel reina de Islandia, dotada de una fuerza terrible. De ella está enamorado el rey de los burgundios, Gunter, hermano de Krimilda, que promete la hermana a Sigfrido si éste le ayuda a conquistar a la tremenda Brunilda. Sigfrido es capaz de dominarla, pero ¿cómo podra conseguirlo haciéndose pasar por Gunter? Aquí vuelve a aparecer el truco de la invisibilidad, como en el anillo de Giges. Sigfrido posee una capucha mágica, que tiene el poder de hacer invisible a quien se la pone: «Yo iré esta noche a tu aposento en secreto, envuelto en mi capa mágica, de manera que nadie pueda darse cuenta de mis artes».


El rey Gunter, no sin algún reparo, da su consentimiento:
«Con tal de que no te propases -habló aquí el rey- con mi querida esposa, estoy de acuerdo en lo demás»... «Yo te doy mi palabra -replicó Sigfrido- de que no he de abusar de ella. Tu hermosa hermana está por encima de todas las mujeres que he visto en mi vida» (X, 653, 655,656).
En la alcoba estalla una lucha furibunda entre Brunilda y Sigfrido, hasta que este último logra imponerse y la reina, derrotada, decide entregarse al vencedor. Pero Sigfrido, que durante la lucha no ha proferido palabra para no delatarse, mantiene su promesa y en el momento culminante, noblemente, se aparta y deja el puesto a Gunter.

gue un largo razonamiento de Sócrates, el campeón de virtudes, que expresa el pensamiento de Platón al respecto. No se limita a la tesis, evidente, de que es mejor la vida del hombre que actúa con justicia independientemente de las constricciones de las leyes, sino que ilustra una concepción armónica de ella. Como es necesario un acuerdo entre las tres partes del alma (la razón, la emotividad y el deseo de los sentidos), también la justicia social implica que cada clase respete sus competencias sin entrar en el ámbito de las de las otras clases. ¿Podemos pues dar por zanjada esta disputa sobre el valor de la justicia?
Ésta está hoy tan lejos de darse por terminada que los más celebrados filósofos de la política no hacen otra cosa, en sus libros, que preguntarse sobre el significado de la justicia y sobre cuál pueda ser su correcta definición. Desde luego, la solución platónica, que basa la justicia en el mérito, no ha dejado de suscitar algunas perplejidades. Como en el caso de Bertrand Russell, cuyas antenas de lógico percibieron que algo, en ella, no funciona:


Platón llega a la interesante conclusión de que la justicia consiste en dar a cada hombre lo que se le debe, es decir, lo que es justo que se le dé... pero si otro con menos prestigio hubiese afirmado eso mismo, alguien habría señalado que la definición es un círculo vicioso (Pensieri, voz «Giusticia»).
Un círculo vicioso que, sin embargo, no se puede evitar, reconoce Russell. En efecto, no sirve relacionar el mérito de una persona con el papel que desempeña en la sociedad.
Comparemos a un panadero con una cantante de ópera. Se podría vivir sin la labor desarrollada por la cantante, pero no sin Chapeau! Pero la historia no tiene un final feliz. Pasados algunos años, Brunilda y Krimilda tienen una escaramuza, en el curso de la cual Krimilda revela a Brunilda que fue Sigfrido quien la sedujo aquella famosa noche. En vano Sigfrido lo niega. Nadie le cree y Brunilda, enfurecida, le hace matar por uno de sus vasallos.
¿Tenía razón Glaucón cuando, a propósito de aquella otra invisibilidad, sostenía que la nobleza de ánimo no recompensa?


Si respondemos afirmativamente, entonces no hay opción moral, no existe una forma de vivir recta y una malvada, y tampoco existe una distinción objetiva entre bien y mal. Pero a la apología de la injusticia de Glaucón le sigue un largo razonamiento de Sócrates, el campeón de virtudes, que expresa el pensamiento de Platón al respecto. No se limita a la tesis, evidente, de que es mejor la vida del hombre que actúa con justicia independientemente de las constricciones de las leyes, sino que ilustra una concepción armónica de ella. Como es necesario un acuerdo entre las tres partes del alma (la razón, la emotividad y el deseo de los sentidos), también la justicia social implica que cada clase respete sus competencias sin entrar en el ámbito de las de las otras clases. ¿Podemos pues dar por zanjada esta disputa sobre el valor de la justicia?
Ésta está hoy tan lejos de darse por terminada que los más celebrados filósofos de la política no hacen otra cosa, en sus libros, que preguntarse sobre el significado de la justicia y sobre cuál pueda ser su correcta definición. Desde luego, la solución platónica, que basa la justicia en el mérito, no ha dejado de suscitar algunas perplejidades. Como en el caso de Bertrand Russell, cuyas antenas de lógico percibieron que algo, en ella, no funciona:


Platón llega a la interesante conclusión de que la justicia consiste en dar a cada hombre lo que se le debe, es decir, lo que es justo que se le dé... pero si otro con menos prestigio hubiese afirmado eso mismo, alguien habría señalado que la definición es un círculo vicioso (Pensieri, voz «Giusticia»).
Un círculo vicioso que, sin embargo, no se puede evitar, reconoce Russell. En efecto, no sirve relacionar el mérito de una persona con el papel que desempeña en la sociedad.
Comparemos a un panadero con una cantante de ópera. Se podría vivir sin la labor desarrollada por la cantante, pero no sin la actividad del panadero. Basándonos en este ejemplo, podríamos decir que el panadero desempeña una tarea más importante para la comunidad; pero ningún amante de la música estaría de acuerdo (ibid.).


¿Entonces hay que concluir que las injusticias, sean de hecho o de derecho, son congénitas a las relaciones sociales? Platón lo negaba porque era optimista. Pero hoy su optimismo podría ser refutado. Por lo menos por algún teórico anticonformista, como el célebre crítico del socialismo Friedrich von Hayek:
Es un verdadero dilema decidir hasta qué punto hay que alentar en los jóvenes la idea de que si realmente se esfuerzan lo conseguirán, o si más bien no hay que enfatizar el hecho de que inevitablemente algunos poco meritorios tendrán éxito mientras que otros meritorios fracasarán (El espejismo de la justicia social).



Los Cien Táleros De Kant: La Filosofía A Través de los filósofos

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