lunes, 29 de marzo de 2010

Oficios artísticos

  Los oficios artísticos

El nombre oficial de algunas instituciones docentes, como el de «Facultad de Bellas Artes» y el de «Escuela de Artes y Oficios», demuestra aún la variada nomenclatura que han recibido las enseñanzas de las actividades artísticas. Podemos hablar de Bellas Artes, de artes y oficios, de artes decorativas y ornamentales, de artes aplicadas, de artesanía, de artes del objeto, de artes industriales, etc.
  Desde el concepto artesanal antiguo, en el que cada cual cumplía una función productiva, con la única diferencia de maestros y aprendices, hasta esa jerga de actividades subclasificadas de la actualidad, el concepto de arte y oficio parece haber estado en contraposición. Plutarco, al hablar de Pericles en Grecia y después del emperador Numa en Roma, alaba la división de las gentes según sus oficios, realizada por estos monarcas: «Así pues, la división se hizo según los oficios: flautistas, orfebres, carpinteros, tintoreros, zapateros, adobadores, broncistas, ceramistas, y agrupando así los otros oficios creó por separado corporaciones de todos ellos». Y apostilla después: «De esta manera, por primera vez, hizo desaparecer de la ciudad el hecho de que unos se llamaran y se creyeran sabinos y los otros romanos»
.(Plutarco, Vidas paralelas, «Numa»)
  Con frecuencia se culpa a los renacentistas de haber provocado esta separación y creado la enemistad entre las artes y los oficios. Cierto que el empeño de los renacentistas en justificar su manera de hacer, como si el arte fuera una ciencia suprema, «digna de figurar entre la divina parentela», como dice Leonardo, y la clásica división que hace Alberti en sus escritos entre arquitectura, escultura y pintura, pusieron las bases para una diferenciación, primero de las tres grandes «bellas artes» (arquitectura, escultura y pintura), y después entre las artes y los oficios. Pero los renacentistas unifican arte, ciencia y técnica bajo un concepto supremo: la idea y el diseño. Cualquier oficio o actividad es arte a partir de esos dos conceptos fundamentales y pese a la polémica del Paragone, que afecta a las artes mayores y supone la permanencia de la convicción medieval de que el trabajo intelectual es superior al trabajo manual o mecánico.
Han sido los siglos posteriores, llamados de la luz, de la razón y de la industria, los que han motivado la «alienación» del arte respecto a la actividad laboral, hasta convertirse en «el arte por el arte» y relegando los oficios a una segunda categoría (V. Perniola, L'allenazione artística, 1983).
   La ciencia se independiza del arte y de la industria, que es a su vez un producto de la ciencia y de la técnica y creadora de productos de uso y consumo asequibles a todos por su poder multiplicativo: la industria no podía ser arte, sino, a lo sumo, oficio o técnica.
Como consecuencia y en reacción, la burguesía capitalista, cada vez más afincada, encuentra una disculpa o excusa para valorar el arte como un producto de la autoría y la manualización, primero, y de la reflexión teórica, después. En todo caso, como una manera de dominar, controlar y dirigir la ideología a través de un medio: el arte, dejando las demás actividades como simples oficios. Esta ideología se muestra perfectamente en ciertas instituciones oficiales, como las academias, los salones de exposiciones, la critica de arte, los museos y las colecciones.
  Las academias, o centros de enseñanza del arte, convierten el concepto de lo artístico en algo normalizado, que se puede transmitir y enseñar, y que atribuye a los objetos una intemporalidad; al mismo tiempo confirma que el valor artístico es algo inherente y propio de los objetos realizados, sin tener en cuenta su función: nace el arte por el arte, y la creación de los objetos estéticos.
  Los salones de exposiciones parten del principio de que las obras de arte no necesariamente deben ser realizadas para un lugar previsto, ni encargado, ni dirigidas a un receptor concreto, ni con una finalidad determinada, sino que, como producto estético, deben confrontarse entre entendidos en arte y compradores, que adquieren la obra según el consejo de los críticos. Se inicia el camino de lá distribución comercial fundamentada en el valor estético y/o histórico del objeto: nace el comercio del arte o el arte como mercancía.
  La crítica del arte, nacida de la anterior institución, busca las normas de enjuiciamiento del arte, frente a un público, receptor o consumidor, generalmente de la alta esfera económica, que se convierte en poseedor privado de la obra: nace el crítico de arte y el coleccionismo.
  Los museos almacenan los objetos, no ya como exvotos del culto religioso o civil, expresión de una cultura en el rito, la celebración y la fiesta, sino como piezas válidas en sí mismas por la autoría, la rareza, la singularidad técnica, o como objetos-documentos históricos de otras épocas: nace el arte como objeto cultural e histórico.

  La estética nace como una ciencia que ha de justificar estos hechos, teorizando la conveniencia de que haya una ciencia del arte o ciencia del gusto, convertida paulatinamente en historia del arte.


El arte como documento histórico 

  El objeto artístico, único o multiplicado, se convierte en objeto histórico o documento cultural en el momento en que pasa a ser coleccionado o museado.
  Documento procede de docere, «enseñar». Un documento es la objetivación de un conocimiento en un soporte material escrito, grabado, pintado o programado, que permite transmitirlo ofreciendo prueba acreditativa del contenido. La memoria de los pueblos se halla en los documentos de su cultura y de su historia. Por eso el patrimonio cultural actúa como memoria; la conservación, como mediadora.
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Hemos de considerar el concepto de patrimonio cultural en un sentido amplio, como hace la legislación oficial y el requerimiento de los organismos internacionales: «Integran el patrimonio histórico español, los inmuebles y los objetos muebles de interés artístico, histórico, paleontológico, arqueológico, etnográfico, científico o técnico. También forman parte del mismo patrimonio documental y bibliográfico, los yacimientos y zonas arqueológicas, así como los sitios naturales, jardines y parques, que tengan valor artístico, histórico o antropológico» (Ley de Patrimonio Histórico Artístico, 1985, art. 1.2).


La memoria histórica constituida por los documentos culturales entraría dentro de la «ciencia de la información» (formación, información; no, informática), y por lo tanto los objetos artísticos merecen una atención más amplia de la que concede la historia del arte.
Después de todo, las obras de arte en los museos dejan de ser tales objetos artísticos para convertirse en documentos históricos que nos permiten conocer otras culturas o la propia, constituyendo lo que llamamos patrimonio histórico cultural.


El patrimonio puede ser privado, pero también es propiedad de cada país, y su valor se proyecta en el ámbito
internacional y mundial, fundamentando así las distintas gestiones o legislaciones que motivan la expresión de «patrimonio mundial» o «bien cultural de la humanidad».


El patrimonio se puede considerar bajo los aspecto de bien cultural y bien didáctico, pero también tiene la consideración de bien turístico de cada país, así como de patrimonio económico de cada pueblo.
 

Articulo relacionado - Parte: 1

Fuente: José Fernández Arenas  
Ed: Ariél

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