martes, 23 de febrero de 2010

Autonomía automática

por: José Manuel Berenguer
 

 "Arte y pensamientos en la era de la tecnología"

Facultad de Bellas Artes

UPV/EHU. (Sección audivisuales)

PENSAMIENTO:

Vivir y sentir. Tratar de comprender el mundo y, por tanto, de comprenderme, a pesar de no sólo intuir, sino saber íntimamente y con cierta precisión de la imposibilidad de esa tarea. Mi manera de ver mi propia creación se define bien en Autonomía Automática, un texto que escribí en 1998. Las cosas externas a mi han cambiado algo en lo cuantitativo, pero no en lo cualitativo. Mi postura y mis anhelos creativos siguen siendo los mismos. Autonomía Automática fue publicado por Carlota Caulfield en Comer IS on line y se trata de una reducción de otro texto más amplio redactado en Catalán y publicado bajo el mismo titulo en la revista Transversal.
- "Hay un concepto que es el corruptor y el desatinador de los otros. No hablo del mal, cuyo limitado imperio es la ética; hablo del infinito"  
 
Jorge Luís Borges 'Otras Inquisiciones'


La muerte de la Historia, la del Arte y la de Dios fueron anunciadas en el sigo XIX. Las condiciones particulares en que eso se produciría no fueron previstas en detalle, pero una buena parte del pensamiento occidental -Rudolf Clausius enunció la forma casi definitiva del segundo principio de la termodinámica en 1865- ya aceptaba para todo sistema la tendencia inexorable al desorden. Comprender que la Historia es un subsistema del Universo es un paso obligado para asimilar el hecho de que, más que de muerte, se trata de disgregación, multiplicidad, polivalencia, regeneración, nueva asunción de la nada y a partir de aquí, en movimiento eterno y cíclico, la creación de otra cosa otra vez.
 
Vinculable a la del apeiron aristotélico, la de Borges es una visión ciertamente negativa del infinito, de la misma forma que lo es la idea de Caos en muchos griegos clásicos, así como la Nit y la Tiamat babilónicas o a la Mrtyu hindú, confinadas estas últimas al papel de último residuo cósmico. De la misma manera que el apeiron, negado explícitamente por Santo Tomás, y el infinito sincategoremático de Petrus Hispanus, el Papa Juan XXI, la idea de infinito primordial de los pensadores jónicos, basada en la posibilidad de disolución y de formación, amenaza la estabilidad del Cosmos; las tempestades del Caos podrían sugerir la idea de Anaximandro, según la cual la formación de vétices tempestuosos, induciría un movimiento rotatorio distribuidor de la materia en órden concéntrico, de acuerdo con la intencidad y la gravedad. Esto produciría la formación de un cósmos en cada vértice y resultaría una infinitud de cosmos coexistentes, engendrados de la multiplicidad infinita de vértices surgidos del interior de las tempestades que agita en Caos.

Una concepción positiva del Caos siempre ha sido lógicamente aceptable. La visión de Anaximandro, el primero que hablará de apeiron, ya supone una orientación en esa dirección. Es en virtud de ella que Carles H. More escribe: "hem superat tots els l´ímits, s' imposa un retorn al desordre". El Caos está, siempre lo ha estado en la base de todo acto creador, tanto si es artístico, como si no lo es. Parece bastante cierto que, si el Caos composta apertura, lo que es indeterminable, innombrable, inclasificable, irreductible, asi como todo aquello que no puede ser conocido a priori, entonces lo contrario, el saber o el conocer definitivamente, la ausencia de movimiento, tan solo puede tener un único significado: la muerte cierta a la que un día u otro todos todos debemos hacer frente.
Sin embargo que las cosas ordenadas se desordenan, es conocimiento popular enunciado por el segundo primcipio de la termodinámica. En virtud del paso del desorden, primigenio al oden mortal nos encontramos nuevamente en el desorden. Se trata un proceso direccional, irreversiblemente dichos del desorden nace el orden que se transmuta en desorden. Y es que, como dice Michel Serres en Le passage du Nord-ouest, "el hecho bruto de la muerte rompe la reversibilidad de las cosas".

La prevensión contra lo que no tiene límite es vieja y se mantiene viva a lo largo de la historia de Occidente el malitiae dedecus de Severino de Boecio no abandona la tradición aristotelica y coincide con el parecer de Anaximandro, para quien el apeiron es causa última de creación, pero también de destrucción de todas las cosas. Curiosamente, a pesar de la necesidad de considerar la actualidad real del infinito en la obra de Aristofano de Arquimides y Eudosio, la argumentación filosófica a favor llega mucho mas tarde a ser consistente.
 En cuanto a la influencia del Caos en nuestro interior más recondito ¿Sabemos lo que queremos?
Si es pensable y deseable ¿es posible? A menos desde alguna perspectiva puede parecer que las cosas imposibles pertenecen a dos clases excluyentes: imposible sólo ahora o imposible para siempre. ¿Hasta que punto aquello que ahora uno desea y ahora no es podría ser considerado  utópico? ¿En la medida en que no existiera ningún camino para llegar a ello? ¿Y si el único camino posible fuera atópico? ¿Que información da de uno el hecho de que lo que quiere sea o no posible ahora o en algún otro momento? Aún más, puede pensar realmente que uno es libre de querer lo que quiere? La búsqueda de un estado de autentica libertad del que puedan emanar las voliciones de Shopenhauer
Über die Freiheit des menschlichen Willens, provocaría una fuga al infinito sin solución: la respuesta afirmativa a la pregunta de si si el hombre puede querer lo que quiere, justifica la pregunta de si el hombre puede querer lo que quiere querer, y así sucesivamente sin convergencia. Para superar paradojas no demasiado lejanas a esa, Wittgenstein concluye en la proposición 5632 del Tactatus que "el sujeto no pertenece al mundo, es un límite del mundo".

Por el contrario, no parece que el Viejo Bach temiera al infinito. No le mareaba demasiado considerar una recursión infinita decir escribir al margen de la partitura del Canon per Tonos del Arte de la fuga, querer ver crecer la gloria del rey de la misma manera que la modulación crece, es la formulación de un deseo semi-inconsciente, si consciente del todo no es de plantear para algunos conceptos, tonalidad y gloria real en este caso, un límite fuera de este mundo. Es notable la sutileza del recurso bachiano que glosa ese deseo inalcanzable. Al terminar la primera vuelta, la tonalidad del canon no es la misma que la del principio: ha aumentado una segunda mayor. Al cabo de seis modulaciones sucesivas, después de haberla abandonado aparentemente, la tonalidad del principio aparece de nuevo como por arte de magia. La tonalidad que se alcanza es la misma que la inicial, sólo ha cambiado de octava. En ese punto el Canon per Tonos puede terminar -ésa es la interpretación más extendida-, pero me pregunto si a Bach no le habría seducido la idea de Bruno según la cual el intelecto llega allí donde no lo hace ningún proceso ilimitado, como lo es, precisamente, ese volver y volver indefinidamente sobre la música a fin de remontar al infinito la gloria del Rey Federico el Grande de Prusia.



El ruido


La nunca coherentemente formulada obligación formal de poner límites a las músicas a menudo ha dado problemas. Se contradice con la casi continua tendencia al desbordamiento de las dimensiones del espacio en que la música tiene lugar. A menudo me pregunto si la música dejará de ser música a medida que desborda sus límites. Y la pregunta es extensible a las otras artes. De hecho, ésta fue la intuición de Fontana, la negación del arte por la confusión de los límites es una tesis vinculable a la tendencia hacia la inmaterialidad de muchas obras. Quién sabe si ello es vestigio viviente de ese "vivo sin vivir en mí" que tiñe la mentalidad de occidente con intensidad variable a lo largo de su Historia.

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La música está llena de ejemplos que muestran una marcada inflación dimensional. Un caso importante es la expansión temporal en crecimiento casi monótono, de las canciones populares a las sonatas de Beethoven, de desmesuradas codas, y a las óperas de Wagner, monumentales, por no hablar de los últimos trabajos, operísticos también, de Messiaen o de Stockhausen, que duran días. Otro no menos notable es el ensanchamiento de los límites espectrales y dinámicos, casi continuo en occidente, del Canto Gregoriano a las obras de los románticos y a las producciones musicales electro-acústicas de este siglo, músicas tecno y afines incluidas, convertidas, en virtud de los enormes márgenes dinámicos que las caracterizan, en dispositivos notablemente potentes como represores-aislantes sensoriales.

¿Es la pérdida del yo, la anulación de la consciencia, un límite deseado, un extremo de una tendencia, una utopía popular no explícitamente formulada? Al margen de esta nmersión individual en la negación de la propia función de intercambio de información y de energía con el mundo, donde la verbalidad del discurso deja paso a la gestualidad y la cultura deviene cultura del gesto, en todos los medios observo falta de utopías claras. No parece que exista un ideal social suficientemente diferenciado del viejo socialismo en crisis, que lo está, por cierto, especialmente, a causa de la crisis de su práctica más generalizada.
A veces pensamos que la tecnología cambiará totalmente la vida de la Humanidad, que gracias a ella los mercados evolucionarán de manera que el acceso de los usuarios a los productos sea directo, la plusvalía desaparezca, las conductas capitalistas se vuelvan inconsistentes y por ello la estructuración de la Humanidad devenga horizontal, que todo el mundo sea libre, creativo y goce de las mismas oportunidades. Ojalá lleguemos a estos extremos, pero es la Humanidad, ella misma, por la suma de los poderes de las voluntades, la que cambia constantemente de vida. La tecnología es uno más, muy importante, es cierto, entre todos los aspectos determinantes de los cambios humanos. Siempre nos hemos servido de ella para evolucionar, pero ni de lejos es ella la esencia de la evolución. Tampoco lo es el hombre ni el genoma que lo posee y dirige. Ni la misma vida, en abstracto. La esencia de la evolución es la materia toda en bruto. Y en el extremo, tampoco es la materia, sino algo en la más intima relación con ella: la información, de la que la materia es portadora desde que fue materia en el primer instante, es la causa de las evoluciones que observamos. Que en este momento de la Historia del Universo y desde aquí, en la Tierra, la tecnología nos parezca esencial es tan sólo una cuestión de perspectiva, un síntoma más de antropocentrismo.

En cualquier caso, el desarrollo masificado de esta tecnología de la computación y de las telecomunicaciones que tanto nos fascina, determinará una población cada vez más densa de intermediarios especializados en la distribución de imaginarios, que es lo que ya actualmente más vende y prolifera, mucho más que la variedad de los productos en sí mismos: confianza, seriedad, eficacia, velocidad, discreción, seguridad, distribución, son algunos de los conceptos que sólo una red completa de intermediarios entre productores y consumidores puede asegurar. No hace falta navegar demasiado por el World Wide Web para darse cuenta: el acceso a la información está voluntariamente filtrado, la tendencia a la proliferación de editores y dispositivos de búsqueda es cada vez más exagerada, cada vez más exclusiva. Sinceramente, me parece como si, temo que, estoy casi seguro, no nos engañemos, ciertas previsiones de cariz utópico vinculadas al desarrollo de la tecnología no sean otra cosa que los slogans propagandísticos indispensables para la difusión de un producto en un mercado donde progresivamente se incrementa el enraizamiento en la competencia y en la plusvalía. Situamos de esa forma la Utopía al mismo nivel que los imaginarios distribuidos por los intermediarios, convirtiéndola en un factor más de valor adicional de los productos tecnológicos. El significado atribuido a las palabras evoluciona y la deriva lo lleva a la disolución en el ruido. Si como resultado global de la suma de los poderes de las voluntades permitimos que el sentido del término desaparezca y derive en algo no conflictivo, debe ser porque entre todos pensamos que la Utopía, tome la forma que tome, es peligrosa.
A veces sorprenden formulaciones como ésa que ahora está de moda en medios tecno-artísticos y según la cual hemos llegado ya al futuro y ahora lo que hay que hacer es ver pasar las cosas para decidir que haremos más adelante. Me pregunto quiénes son los que han llegado al futuro de quién. Si al lado del Tercer Mundo, tenemos en cuenta aquéllos que en el primero no pueden acceder de ninguna manera a la tecnología porque no tienen suficiente poder adquisitivo para procurársela -pienso especialmente en esta nueva clase emergente que no tiene el privilegio de la ocupación-, ¿en qué mundo podemos pensar que alguien pueda haber llegado a algún futuro previsto por alguna utopía? Aceptemos que unos cuarenta millones de personas tengan actualmente acceso de calidad media a Internet. ¿Son éstas las que han llegado al futuro de los diez mil millones que quedan? ¿Y entre éstas, quienes han llegado al futuro de las otras? ¡Se trata de unos pocos miles! Comprendo que las aplicaciones artísticas de la tecnología lleguen a impresionarnos, especialmente a aquellos que la utilizamos cotidianamente. Pero que mucho menos que cuatro de cada mil personas accedan a ciertas cosas no es prueba de haber llegado a ninguna meta relevante. Es interesante, de todas maneras, la constatación de la existencia de una clase privilegiada -sólo juego con la terminología marxista, no pretendo usarla en toda su significación-, casta o grupo, que crea haber llegado a la última frontera, que más lejos no se pueda llegar. Toma cuerpo así otra muestra del dominio y la prevalencia de la competitividad como la más deseable característica de las personalidades que habrían de intervenir activamente en las sociedades del futuro, para las que, paradójicamente, se prevé una estructura horizontal, igualitaria, donde ningún hombre tenga más poder que los demás. Si no se considera claramente patológica, ¿no parece, al menos, a todas luces enfermiza esta complacencia en el hecho de pertenecer al grupo de los escogidos, al grupo cuyas experiencias piloto producirán hallazgos ulteriormente extensibles a una Humanidad más equilibrada? ¿0 tan sólo es ingenua?

Este sentimiento no es nuevo entre los grupos de personas vinculados de alguna manera al desarrollo tecnológico o a la investigación artística con medios nuevos y sofisticados. Al fin y al cabo, debería admitir que la necesidad de pertenecer a alguna élite es muy humana, que la soledad, es decir, la clausura, los propios límites, pues, es difícilmente soportable, asimilable. En el mundo musical, tal vez el primero entre los artísticos en utilizar la tecnología derivada de la electricidad, pero también en el de las artes gráficas, y ahora casi por todas partes, resulta divertido al tiempo que desconcertante comprobar la seguridad con que los partidarios de una tecnología justifican su superioridad en relación a las otras. Las únicas conclusiones que me atrevo a resolver son, por un lado, que unos no conocen las ventajas de las tecnologías que los otros usan y, por otra, que la causa última, que no razón, de la vehemencia de las argumentaciones acostumbra a ser la inseguridad personal en un mundo extraordinariamente agresivo que pide, una vez más, a escondidas ahora, empero, y a pesar de esa horizontalidad futura prometida, el sacrificio de los más débiles, y favorece, contra la naturaleza, que es biodiversa, la estrecha lógica de una evolución mal entendida, la cual se apoya en la competición brutal, no cooperativa, por los recursos del medio. Creo que una utopía digna debería tener en cuenta la diversidad de las propuestas, la cooperación, el desarrollo sostenible, a pesar de que no sea realmente sostenible porque con su implantación, los recursos finitos del planeta, a largo plazo pero no infinito, tenderán irrevocablemente a la total extinción.

Tiempo habrá para emigrar, o al menos, para conseguir que nuestras ¡deas emigren y surquen los espacios a la búsqueda de materia suficientemente compleja sobre la que instalarse, vivir, transformarse al mismo tiempo que transformarla en una interacción íntima a fin de llegar al límite mas inconcebible: la trascendencia. Más que la mía, la cual he aprendido a saber imposible, quisiera la transcendencia de las ideas. Soy consciente de que tal vez pretendo demasiado. Sin embargo, siempre he querido cosas; especialmente, cosas que suenen, y más generalmente, que se comporten y sean autónomas de mi existencia, libres en la medida en la que yo lo soy o tengo la sensación de serlo, sujetas en la medida de que su actitud sea interpretable como una respuesta al mundo, es decir a la totalidad de las cosas que les son accesibles en función del radio de acción de su poder de conformarlas. No me siento como él, siempre a la búsqueda de la anulación del ser creador en la existencia de la obra creada, de la pérdida de la identidad propia al conferirla a algo ajeno, pero comparto cada vez más con Cage la renuncia al deseo de controlar los sonidos. Me place observarlos tal como son ellos mismos, estudiar como se comportan y evolucionan. ¿Podría yo, pues, desear algo diferente a una creación, posible o imposible, tanto da, independiente, libre, autónoma, idéntica a si misma, responsable? Si lo deseo debe ser porque a veces lo creo posible, que es posible trazar en continuidad hacia su existencia un camino de sucesos alcanzables y previsibles, como hubiera querido D'Alembert, por una teoría universal de la música, que nunca he podido delimitar sin caer en la trampa del espejismo. Será, imagino, porque una teoría universal, tanto si es musical como si no, no puede tener límites en el mundo de los hombres, y el sueño de La Place, la determinación esencial de la historia de cualquiera que sea el hecho considerado, de la previsión total y absoluta de los caminos del Universo, no sea, para los hombres, otra cosa que una quimera, porque al margen de la cuestión de si es continuo o discontinuo, al margen de si es limitado o de si no lo es, de si es o si no es, el mundo de los hombres, ésta es al menos mi intuición, sí es limitado y no es continuo.

Tal vez sea yo, entonces, tan ingenuo como para desear algo imposible: a menudo me pregunto si no será por el hecho de que lo que es no me complace, que me complace soñar que lo que no puede ser es. Pero si algo no me complace, debe ser que otro algo distinto alguna vez me complaciera. ¿Quién sabe pues si se trata de algo que alguna vez fue? ¿Algo que perdí, que dejé perder o que pude querer perder? ¿Necesité perderlo? ¿Existió realmente? Ahora sé que Mundo y yo podríamos coincidir, sobretodo porque un yo no puede ser mucho más que un conjunto de percepciones e interpretaciones dispersas y dis-crónicas de un mundo. Lo sé e inevitablemente llego a esta conclusión, pero no constantemente experimento este sentimiento en mí tal como ahora lo formulo. Es cierto que quiero lo que me falta y lo que creo que me falta es lo que me falta: éste es el sentido en el que evoluciono cuando me comporto según lo que se calificaría de creativamente. La música que hago, cuando la hago porque directamente quiero hacerla, tiende a ser la que echo en falta, la que no es, o al menos, cuando no alcanzo a negarla mas categóricamente, aquella cuya existencia desconozco. Y deseo la música, la actividad artística, la creación pura, no como objeto sino como camino hacia un conocimiento del mundo, un conocimiento del yo, pues, si se admiten las intuiciones que de Mundo poco más arriba apunto. Mis creaciones son el resultado de la actividad inducida por la falta. La distancia entre lo que quisiera y lo que es o resulta de mis interacciones con el entorno, una medida relativa del deseo, que sería, en este contexto, equivalente al des-deseo.

Ésto quisiera: comprender el mundo, comprenderme. Comprenderme para reproducirme y reproducirme para comprenderme. En Contra el Método, Paul K. Feyerabend observa, sin embargo, que la descripción exhaustiva de cualquier objeto, incluida su propia lógica, es auto-contradictoria. ¿Cómo podría yo, pues, describirme a mí mismo? ¿Como podría reproducirme, por otra parte, si la identidad no existe más que como límite? De todo esto surge mi interés por los autómatas, las producciones lingüísticas y la necesidad de una poética en la que el mundo es formalizable, aunque pueda no serlo. De aquí la fascinación por las redes de neuronas, los isomorfismos entre propuestas artísticas y planteamientos biogenéticos, los intentos de crear cosas sensibles, adaptables a su entorno, modificadoras de su entorno. De aquí también la creencia, quién sabe si atávica, presente en mí incluso antes de tener consciencia de pensarla, en los extraños poderes de la música. De aquí los trabajos en osciladores acoplados y Lucy, la colonia sintética de luciérnagas amazónicas a la que hace unos años di vida, la cual, como espejo de un mundo efímero hecho de interacciones, respuestas, intercambios periódicos de información, estabilizaciones, desestabilizaciones y catástrofes, crea ritmos complejos latido tras latido, en ininterrumpida y no determinable respuesta lumínica y sonora a la influencia de un mundo del que ella misma forma parte. Un mundo que, de forma variable diversa, cada día la ilumina.

Camallera, 1 de Octubre de 1998
José Manuel Berenguer

Tecnología:
Utilizo los medios tecnológicos que se presentan a mi alcance. Cualesquiera que sean. Los más habituales proceden de la electrónica, así como de la computación. Cada instalación, cada trabajo, cada obra, requiere unos medios técnicos diferentes. Todo depende de las características del proyecto, de su contenido y de su forma.
Utilizo, por ejemplo, ordenadores, con diversas configuraciones, provistos o no de periféricos, sensores y actuadores, que programo en el lenguaje de programación más apropiado para que presenten un determinado comportamiento.
Otras veces prefiero construir yo mismo los circuitos electrónicos, como es el caso de las obras que aparecen en esta publicación. Eso lo hago cuando pretendo dotar a las piezas de una coherencia entre su apariencia formal y su comportamiento.
Finalmente, puede ocurrir que la complejidad del proyecto supere mis capacidades. En ese caso, colaboro con entidades o personas que pueden satisfacer las necesidades generadas por la definición de los proyectos. Por ejemplo, para mi próxima instalación en Metrónom, Mega kai Mikron, cuento con el apoyo del Centro Nacional de Microelectrónica que imprimirá textos microscópicos en obleas de silicio.
En cuanto a la razón última por la que utilizo estos medios tecnológicos y no otros, debo decir que la desconozco. Es claro que uno usa las herramientas con las que tiene más relación, pero ¿qué mas da que sea uno mismo y no otro el que llega a un determinado punto? Es más, ¿qué más da que sea una especie y no otra la que lo alcance? Lo verdaderamente relevante es que el mundo mismo produzca ese evento, sea lo que ello sea. Que el mundo se mueva y adquiera mayores grados de consciencia, eso es lo que me importa.
Los medios tecnológicos que hasta ahora he utilizado permiten ciertos planteamientos. Tienen, sin embargo, sus límites.

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